¿Qué le debe el deporte nacional a quien sabe contener el entusiasmo cuando todo invita a perder la mesura? Colombia culminó primera del Grupo K en el Mundial 2026, invicta, con siete puntos y una actuación que, según la crónica de La Opinión de Cúcuta, mereció mejor suerte ante Portugal. La tentación de la euforia es legítima; la resistencia a ella, si se funda en razones, es una forma de virtud cívica. Néstor Lorenzo, técnico de la selección, eligió este segundo camino.
La pregunta que articula la tensión del momento es simple pero incómoda: ¿sirve de algo la sobriedad en un país que asocia el fútbol con la catarsis colectiva y, mutatis mutandis, con la política de masas? Lorenzo respondió sin ambages tras el empate en Miami. “Nos servía el empate, pero lo buscamos por todos lados”, declaró en rueda de prensa, según registró La Opinión. Luego añadió, con la precisión de quien conoce el peso de las palabras: “Vamos partido a partido”. No despreció el logro; lo contextualizó. Sobre el rival portugués, dijo que este le exigía “un nivel mayor”, una frase que leí como reconocimiento de que el crecimiento de la selección no es automático sino construido.
Hay en esta actitud algo que remite a una tradición del oficio técnico que los argentinos entienden con naturalidad: la gestión del tiempo largo en competencias de eliminación directa. Lorenzo conoce el torneo. Sabe que Ghana, el próximo rival en Kansas City, exigirá otra lectura. “Conozco poco de Ghana”, admitió con honestidad que otros hubieran disfrazado de soberbia. “Sé que es un buen equipo… no hay rivales fáciles”. La frase parece banal hasta que se contrasta con el verso del entrenador que promete lo imposible para luego culpar al destino.
El rendimiento de Colombia ante Portugal ofreció, es cierto, argumentos para el optimismo moderado. La dupla defensiva de Dávinson Sánchez y Jhon Lucumí funcionó con solidez; los laterales alternantes, Santiago Arias y Déiver Machado, respondieron a la rotación; Camilo Vargas se reivindicó en el arco. El mediocampo, con Jefferson Lerma, Gustavo Puerta, Jhon Arias y James Rodríguez, mostró control sin llegar a la brillantez. Sobre James, Lorenzo fue explícito: “Su ambición competitiva lo mantiene vivo”. Es una definición que vale más que cualquier retórica heroica. El capitán de la selección, que alcanzó su undécimo partido mundialista según la misma crónica, es un símbolo que el técnico prefiere medir por su utilidad presente que por su memoria histórica.
La materia pendiente, anotada por la crónica, es el extremo Luis Díaz. No hay selección sin sombras, ni equipo campeón sin problemas por resolver. El mérito de Lorenzo está en no ocultarlos bajo la alfombra del triunfalismo. Cuando un técnico reconoce que “nos queda la deuda en la marcación” tras clasificar primero, está ejerciendo una forma de responsabilidad institucional que el país necesita ver trasladada a otros ámbitos.
La comparación no es gratuita. Colombia vive momentos en que la distinción entre el gobierno de la emoción y el gobierno de la razón se ha vuelto políticamente relevante. El deporte, claro está, no resuelve crisis institucionales. Pero ofrece, en ocasiones, metáforas operativas. Lorenzo administra una selección plural —jugadores de Europa, de América, de distintas generaciones— sin caer en la tentación del mesianismo que reduce la complejidad a la figura de un salvador. “Jugará lo que veamos que está para jugar”, dijo de James. La frase contiene un principio: la autoridad técnica sometida a criterios, no a devoción.
La hinchada colombiana, según el propio técnico citado por La Opinión, ya pasó de pedir la clasificación a exigir el campeonato. Es un salto comprensible, pero peligroso. Tocqueville observó en otro contexto que las democracias tienden a confundir el deseo con el derecho, la esperanza con la certeza. El deporte moderno, con sus redes sociales y sus memes instantáneos —como el del “piecito” de Dávinson Sánchez en la jugada anulada—, acelera esta confusión. Lorenzo parece entender que su trabajo incluye una pedagogía del realismo sin derrotismo.
Ghana espera. El viernes en Kansas City, la Tricolor deberá demostrar que la fase de grupos no fue anomalía sino consolidación. El técnico argentino lleva apenas el tiempo necesario para haber instituido una identidad: orden, progresión colectiva, contención emocional. Si esto suena a filosofía política aplicada al fútbol, no es casual. Los colombianos debemos aprender a leer en nuestros deportistas más que entretenimiento: ejemplos de cómo se gobierna lo público cuando las pasiones están a flor de piel.
La selección avanza. El país, que la observa con la atención que otros reservan para los acontecimientos estatales, debería observar también la forma en que su técnico habla, calla y prioriza. En tiempos de ruido, la sobriedad es un bien escaso que no se produce en serie. Lorenzo la ofrece sin costo adicional. La pregunta es si estamos dispuestos a valorarla antes de que el resultado definitivo la confirme o la desmienta.