¿Qué significa, en rigor, ganar el primer partido de un Mundial? La pregunta parece retórica hasta que se observa con detenimiento lo que ocurrió en Ciudad de México: Colombia venció 1-0 a Uzbekistán con gol de Daniel Muñoz, sumó tres puntos, lidera provisionalmente su grupo, y sin embargo dejó en el aire una incertidumbre que solo el torneo resolverá. Porque en el fútbol, como en la política —y aquí permitaseme la digresión—, el resultado inmediato raras veces agota el significado del acto.
La selección de Néstor Lorenzo llega a esta cita con una generación que combina la madurez de James Rodríguez, ya en el ocaso físico de su carrera pero no de su influencia simbólica, con la explosividad de Luis Díaz, futbolista de club consolidado en Europa y de rendimiento irregular con la camiseta amarilla. Esa tensación entre pasado y presente, entre memoria y urgencia, define no solo el plantel sino también las expectativas de un país que ha visto demasiadas veces cómo el talento individual no se traduce en colectivo duradero. Uzbekistán, debutante mundialista, ofreció resistencia pero no jerarquía; fue, en el lenguaje de Tocqueville sobre las democracias incipientes, un adversario que ejerció sin dominar.
El gol de Muñoz, lateral de oficio con vocación de incursión, ilustra un rasgo característico del fútbol contemporáneo: la confusión de roles como respuesta táctica a la parálisis creativa. Cuando los organizadores no generan, los extremos se retraen; cuando estos fallan, emergen los defensores. Es una lógica que funciona contra selecciones de menor presupuesto futbolístico, pero que se vuelve riesgosa cuando el rival ordena sus líneas con criterio europeo. Lorenzo sabe esto; de ahí que su gestualidad técnica, captada por las cámaras durante el encuentro, alternara entre la instrucción precisa y una visible inquietud.
Los colombianos debemos preguntarnos, sin embargo, si nuestra evaluación del equipo no está condicionada por una narrativa histórica que premia el entusiasmo sobre el análisis. Brasil 2014, con su cuarto puesto, sigue operando como fantasma gratificante y al mismo tiempo como límite: fue, en efecto, la mejor actuación de Colombia en un Mundial, pero también el techo de una generación que no logró consolidar sistema. La actual, con menos nombres mediáticos, podría resultar más funcional; o simplemente más anónima. La diferencia entre ambas cosas solo la establece el avance en el torneo.
El grupo que le corresponde a Colombia —completado por rivales que aún no han debutado— no parece, mutatis mutandis, el más exigente de la competencia. Esto es alivio y trampa a la vez: alivio porque facilita la clasificación a octavos, trampa porque puede generar ilusión de solidez donde existe mero aprovechamiento de calendario. La historia reciente del fútbol mundial está poblada de selecciones que navegaron fases de grupos cómodas para luego naufragar en el primer choque de eliminación directa. La memoria de Colombia misma, con sus penales contra Inglaterra en 2018, ofrece advertencia suficiente.
Queda, en última instancia, una reflexión que trasciende lo deportivo. El Mundial de fútbol es, desde su invención en 1930, uno de los pocos escenarios donde la representación nacional no está mediada por el Estado ni por la economía, sino por una práctica corporal colectiva que el mundo entero reconoce. Cuando James Rodríguez recibe el balón, o cuando Díaz intenta el desborde, lo que está en juego no es solo el marcador sino una forma de visibilidad internacional que otros ámbitos —el diplomático, el comercial, el cultural— no logran con igual inmediatez. Que Colombia haya ganado importa, entonces, pero no tanto como cómo y hasta dónde el equipo sepa sostener esa victoria como argumento, no como accidente.
El martes siguiente habrá otro partido, otra posibilidad de confirmar o corregir. Mientras tanto, el 1-0 contra Uzbekistán permanece como dato y como símbolo: como dato, insuficiente; como símbolo, abierto a interpretación. Y en esa apertura, quizás, reside lo genuinamente interesante.