¿Qué pesa más en un Mundial: ganar o convencer? La pregunta, formulada con la urgencia de quienes vemos a esta selección desde la distancia de la tribuna o la pantalla, adquiere relieve cuando el resultado se despega del rendimiento como ocurrió en la Ciudad de México. Colombia superó 2-1 a Uzbekistán en un partido que tuvo de todo menos tranquilidad, y que dejó al descubierto una tensión que Néstor Lorenzo deberá resolver si aspira a lo que Falcao, con la prudencia de quien conoce el oficio, definió como superar la marca de 2014.
El primer tiempo dibujó una superioridad relativa. Daniel Muñoz abrió el marcador con la eficacia que se le presupone a un lateral ofensivo de su temple, aprovechando un centro de Luis Díaz que encontró en el área la complicidad de un portero, Utkir Yusupov, que pareció dudar entre salir y quedarse. Esa indecisión, que Tocqueville habría calificado como el vicio de las democracias incipientes aplicado al terreno de juego, es también la oportunidad del futbolista astuto. Muñoz no perdonó, y Colombia se fue al descanso con una ventaja que parecía administrable.
Pero el segundo tiempo trajo consigo la lección que Uzbekistán, debutante en Copas del Mundo pero no en la disciplina táctica, tenía preparada. Abbosbek Fayzullaev empató tras un rebote que Camilo Vargas no logró controlar, un error que no admite eufemismos. El portero, cuya historia personal de redención —estuvo cerca de abandonar el fútbol antes de consagrarse— es conocida y respetada, cometió aquí la clase de fallo que Popper habría señalado como el precio de la pretensión de certeza: confiar en la retención cuando la parada exigía el despeje. Fayzullaev cabeceó sobre la línea, y el marcador se igualó con la crudeza que el torneo impone.
La reacción de Colombia, empero, merece registro. Luis Díaz, el jugador que mejor encapsula la tensión entre el individualismo virtuoso y la disciplina colectiva que Lorenzo intenta instaurar, encontró el segundo gol con la asistencia de Gustavo Puerta, otro de los nombres que el cuerpo técnico ha promovido con criterio. Díaz definió al palo izquierdo, Yusupov volvió a mostrar limitaciones, y la Tricolor recuperó la ventaja que el partido le había arrebatado. Fue, en términos de Arendt, un acto de natalidad en medio de la contingencia: la capacidad de comenzar de nuevo cuando la narrativa parecía inclinarse contra uno.
Sin embargo, la victoria no debe oscurecer los síntomas. Uzbekistán, que en sus eliminatorias asiáticas había demostrado solidez defensiva —empates con Irán y Emiratos Árabes Unidos, victorias sobre Qatar y Corea del Norte—, no generó peligro sino a partir del error colombiano. Esto es, en rigor, una doble advertencia: el rival creció cuando Colombia le facilitó el crecimiento, y la selección no logró imponer el ritmo que su plantel, sobre el papel, autoriza. James Rodríguez, con un remate que controló Yusupov, apareció en destellos; Jhon Arias, con un disparo cercano al palo, insinuó pero no concretó. La posesión fue intermitente, y los espacios que Díaz necesita para desplegar su velocidad quedaron, durante largos tramos, bloqueados por una defensa ordenada.
El grupo K, empero, se abre con una oportunidad que el empate entre Portugal y República Democrática del Congo ha colocado en bandeja. Colombia lidera la tabla con tres puntos, y el próximo encuentro adquiere ya la densidad de lo que no se puede desperdiciar. Pero el liderato de una fase de grupos es siempre una construcción provisional, como enseña la historia de estos torneos: Italia 2010, España 2014, Alemania 2018, campeones mundiales eliminados en la primera ronda. La confianza que genera una victoria inaugural puede volverse contra quien la confunde con certeza.
La pregunta que formulábamos al inicio, entonces, reclama una respuesta matizada. Ganar importa, y mucho, en un formato donde el margen de error es escaso. Pero convencer —generar la sensación de control, de que el rival juega lo que uno le permite jugar— es el antídoto contra la exigencia creciente que impone el torneo. Colombia ganó sin convencer del todo, y esa dualidad es la que define, por ahora, su situación en el Mundial. Lorenzo tiene días para ajustar; el reloj del fútbol, que no perdona la contemplación excesiva, también los cuenta.
El estadio Azteca, testigo de maravillas y catástrofes del balompié universal, recibió a los hinchas colombianos con la lluvia de la tarde mexicana y los dejó con la duda de la noche. La selección avanza, sí, pero con una fisura visible en la portería que el próximo rival, sin duda, habrá notado. En el fútbol como en la res publica, las victorias fraguadas sobre errores propios son un bien de doble filo: alientan el ánimo y exponen la vulnerabilidad. Colombia deberá decidir, en los entrenamientos que vienen, si repara o si apuesta a que el oficio de Vargas, y el de sus defensores, bastará para sostener lo que un ataque con Díaz, Suárez y, en algún momento, la jerarquía de James, puede construir.