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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 11 jun 2026

Tres himnos para una Copa que ya no cabe en una sola nación

El Mundial 2026 inaugurado en tres países obliga a preguntarnos si la fiesta del fútbol preserva su alma cuando la escala la disuelve.

Tres himnos para una Copa que ya no cabe en una sola nación — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda de la comunidad ritual cuando la ceremonia inaugural de un Mundial de fútbol ya no puede contarse en minutos sino en husos horarios, no en un estadio sino en tres naciones simultáneas? La pregunta no es retórica. El jueves 11 de junio, la FIFA inauguró la Copa 2026 con actos en el Estadio Azteca de Ciudad de México, el Toronto Stadium de Canadá y el SoFi Stadium de Los Ágeles. Tres escenarios, tres soberanías, una sola gesta comercial. Los colombianos debemos observar este fenómeno con atención: no somos anfitriones, pero somos parte de la cultura futbolística que la FIFA explota y, en este caso, particularmente agranda.

La elección de México como escenario inaugural no fue casual. El Estadio Azteca es el único recinto que albergará partidos de tres Mundiales distintos —1970, 1986 y ahora 2026—, una rareza que la FIFA supo convertir en narrativa de legado. Sin embargo, la verdadera novedad radica en la fragmentación misma del acto fundador. Donde antes un solo estadio concentraba la expectativa planetaria, ahora tres ceremonias paralelas distribuyen la atención como quien reparte acciones en una sociedad anónima. Mutatis mutandis, el rito se ha convertido en franquicia.

La presencia de Shakira, interpretando “Dai Dai” junto al nigeriano Burna Boy, merece una pausa analítica. La artista barranquillera ya había cantado en tres Mundiales anteriores; su vinculación con el evento es tan prolongada que supera la de muchas selecciones nacionales en asistencias consecutivas. Esto no es mero dato cronístico. Revela cómo la FIFA ha construido, desde hace décadas, una liturgia global donde los símbolos nacionales —una bandera, un himno, una camiseta— conviven con iconos transnacionales que el espectador reconoce con más facilidad que a ciertos jugadores de turno. Arendt, en otro contexto, advirtió sobre la banalidad que amenaza los rituales cuando la repetición los vacía de sentido. No estoy seguro de que el espectáculo de Shakira incurra en esa banalidad; sí estoy seguro de que su cuarta aparición mundialista ilustra la lógica de acumulación simbólica que caracteriza a estas justas.

El cartel musical —Maná, J Balvin, Los Ángeles Azules, Tyla, Danny Ocean— confirmó otra tendencia: el Mundial ya no es, si alguna vez lo fue, una celebración de lo local magnificada. Es un mercado de atención donde la representatividad geográfica se mide por alcance de streaming, no por raíces culturales auténticas. La réplica del trofeo en el centro del escenario, rodeada de bailarines en trajes que evocaban culturas originarias mexicanas, funcionó como alegoría involuntaria: el objeto de deseo real —el trofeo verdadero, la competencia pura— ha sido sustituido por su imagen espectacularizada, accesible, fotogénica.

Tocqueville, al observar las sociedades democráticas, notó su tendencia a agrandar las instituciones hasta que la escala misma las despersonaliza. El Mundial de 48 selecciones, distribuido en 104 partidos por primera vez, parece confirmar ese diagnóstico. La FIFA no escala para mejorar la competencia; escala para maximizar ingresos por derechos de transmisión, patrocinios y turismo. El argumento de la “inclusión” —más naciones participantes— sirve de velo retórico a una operación contable. Cuando el gobierno colombiano, en su momento, evaluó postularse como sede del Mundial 2030, debió haber pesado esta lección: los costos institucionales de megaeventos deportivos raramente se amortizan, y los beneficios de “visibilidad internacional” son, en el mejor de los casos, intangibles exagerados.

Reconozcamos, no obstante, lo que el formato tripartito logra sin proponérselo. Al distribuir la inauguración, la FIFA ha hecho explícito algo que antes permanecía velado: el Mundial ya no pertenece a una nación, ni siquiera a un continente. Pertenece a la circulación transnacional de capitales y afectos que define nuestra época. México, Canadá y Estados Unidos no son anfitriones en el sentido clásico —aquél que recibe en su casa— sino nodos de una red logística donde el fútbol es contenido entretenido más que patrimonio cultural.

La oposición a esta lectura —que el fútbol siempre fue negocio, que la escala no anula la emoción— tiene mérito parcial. Pero confunde la persistencia del sentimiento con la integridad de la forma. Los colombianos seguiremos viendo los partidos, celebrando los goles, sufriéndolos. Eso no cancela la pregunta: ¿qué tipo de comunidad imaginamos cuando la ceremonia inaugural ya no requiere nuestra presencia física ni siquiera en un lugar definido? ¿Qué queda del res publica futbolístico cuando la res ha sido dividida en tres porciones simultáneas, cada una ajustada al horario prime de su mercado?

El torneo recién comienza. México ya jugó contra Sudáfrica. Pero la pregunta que deja esta inauguración trifásica permanece abierta, incómoda, necesaria: si el fútbol quiere seguir siendo algo más que entretenimiento de masas, necesitará ritos que no se disuelvan en la pura escala.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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