¿Es el deporte masivo una arena de política cultural, o la política cultural se disuelve inevitablemente en el espectáculo deportivo? La pregunta, que Arendt habría encontrado demasiado complaciente en sus términos, cobra urgencia cuando un país como Colombia —sin selección en el campo, al menos en esa jornada— ocupa el escenario inaugural del Mundial 2026 con dos de sus exportaciones más visibles.
El estadio Ciudad de México, ese “Coloso de Santa Rita” que ya vio a Pelé y a Maradona consagrar mitos distintos, recibió esta vez a Shakira y J Balvin como representantes de una nación ausente en el fixture pero presente en la industria del entretenimiento global. La disyunción merece detención. No es nueva: los colombianos hemos aprendido desde los noventa que nuestra influencia puede operar por vías laterales, que el reconocimiento internacional no requiere necesariamente de la intermediación estatal. Pero la forma en que cada artista eligió presentarse revela opciones distintas sobre qué hacer con esa plataforma.
Shakira optó por la economía. Un solo tema, “Dai Dai”, compartido con el nigeriano Burna Boy, en un vestuario que evocaba la playa caribeña sin caer en folclorismo excesivo. El gesto contenido —dos bailarinas, coreografía limpia, estreno en vivo de la canción oficial— sugiere una artista que ya no necesita demostrar nada, que administra su capital simbólico con la prudencia de quien sabe que le queda una cita mayor: la clausura del torneo, junto a Madonna y BTS, en el estadio Nueva York Nueva Jersey. Su gira “Las mujeres ya no lloran” reanuda inmediatamente después; el Mundial es, mutatis mutandis, una escala programada en un calendario que ella controla.
J Balvin, en cambio, apostó por la acumulación. Tres canciones, popurrí con Ryan Castro, vestuario que promocionaba “Omerta”, su álbum conjunto con el mismo Castro. La estética de mafias italoamericanas, ligeramente saturada en colores para el contexto festivo, funcionó como publicidad de un producto reciente. Los bailarines con chaquetas oversized, pañuelos y cadenas completaban un universo visual coherente. La diferencia con Shakira no es de mérito; es de estrategia. Mientras ella ofrece lo institucional —la canción oficial, el momento protocolario—, él ofrece lo comercial, lo particular, lo que le pertenece en propiedad.
Tocqueville observó en otro contexto que las democraciones modernas tienden a confundir la fama con la influencia, la visibilidad con el poder. El riesgo, que los colombianos conocemos bien, es que la proyección internacional de nuestros artistas se lea como proyección nacional, que la presencia de Shakira y Balvin en el Azteca se interprete como presencia de Colombia en el Mundial. No es exactamente así. La FIFA contrata nombres globales; Shakira y Balvin, a esta altura, son nombres globales que pasaron por Colombia, no embajadores designados por ninguna res publica. Reconocer la distinción no es menosprecio; es precisión democrática.
Hubo, sin embargo, algo genuinamente colombiano en esa noche: la elección de Ryan Castro como compañero de escena, la decisión de no ir solo al escenario más grande del planeta. Es un gesto que se lee en clave de solidaridad de mercado —ambos comparten sello y proyecto— pero que remite a una tradición más antigua: la de los artistas colombianos que entienden que el éxito individual tiene sentido cuando arrastra consigo a otros. No es el corporativismo cerrado de las mafias que Balvin evoca estéticamente; es, en el fondo, una forma de comunidad.
El montaje previo, con su evocación del juego de pelota mesoamericano, recordó que el fútbol mismo nació de rituales que precedieron a las naciones modernas. Shakira y Balvin, en ese marco, fueron menos representantes de un país que herederos de una lógica más antigua: la del espectáculo como cemento de comunidades imaginadas. La diferencia es que las comunidades que ellos imaginan no coinciden con las fronteras del mapa político.
El Tri venció a Sudáfrica 2-0. J Balvin, ya sin el atuendo escénico, observaba desde los palcos con Valentina Ferrer. Shakira preparaba su gira estadounidense. El Mundial continuaba, indiferente a las preguntas que dejaba en el aire. Quizá sea esa la lección: que el espectáculo global funciona cuando no se le exige demasiado sentido, cuando aceptamos que la presencia de nuestros artistas en el mundo es, en sí misma, un dato que no resuelve nada pero que tampoco podemos ignorar.