¿Qué significa ser campeón del mundo cuando el título ya pertenece a otra época? Los cuatro semifinalistas del Mundial 2026 —Francia, España, Argentina, Inglaterra— llevan sobre los hombros el peso de coronas conquistadas en distintos siglos, en distintos mundos. La pregunta que estos partidos plantean no es meramente deportiva: es una interrogante sobre la durabilidad de las naciones, sobre cómo los pueblos se aferran a un esplendor que el reloj desgasta.
La tradición futbolística hispanoamericana —esa que cultivamos desde los ensayos de Eduardo Galeano hasta la ironía de Fontanarrosa— suele caer en la tentación del destino épico. Pero el análisis frío, el que nos enseñó a practicar Tocqueville, sugiere otra lectura: los equipos que llegan lejos no son portadores de misiones históricas, sino producto de estructuras, de decisiones institucionales acertadas o erradas. Francia, con su formidable centro de formación en Clairefontaine, y España, con su revolución posicional iniciada hace quince años, construyeron desde el Estado lo que otros esperan del genio individual. Argentina e Inglaterra, en cambio, dependen más de la figura del héroe: Messi en su ocaso glorioso, Bellingham en su ascenso.
El partido entre argentinos e ingleses, programado para el miércoles en Atlanta, arrastra consigo un lastre que el fútbol no puede resolver ni borrar. La guerra de las Malvinas, como recordó la crónica original de La Nación de Neiva, terminó hace cuatro décadas con la rendición argentina y la victoria británica. El deporte, decían los idealistas del siglo XX, une a los pueblos; pero la evidencia nos obliga a matizar: el deporte también polariza, también reactiva heridas. Hannah Arendt advertía que el nacionalismo moderno confunde la pertenencia política con la identidad étnica o cultural; un Argentina-Inglaterra en semifinal de Mundial es, mutatis mutandis, un laboratorio de esa confusión. Los jugadores, claro está, no dispararon en el Atlántico Sur; pero las banderas que ondearán en el estadio sí fueron esas.
La otra semifinal, Francia-España, responde a una lógica diferente: la de dos sistemas que se han encontrado y superado mutuamente en los últimos años. La última vez que se midieron, en la UEFA Nations League, el marcador de 5-4 a favor de los españoles sugirió menos un partido de fútbol que un duelo de tesis tácticas, cada una vulnerable a la otra. Aquí no hay guerra que recordar, sino competencia institucional pura: quién formó mejor, quién invirtió con criterio, quién supo adaptarse a la exigencia del juego contemporáneo.
Inglaterra, por su parte, llega a esta instancia tras un sufrimiento que ilustra bien la paradoja de las grandes potencias futbolísticas decadentes. Hasta el alargue tuvo que ir contra Noruega, un país de cinco millones de habitantes que nunca ha ganado nada. Jude Bellingham, con sus dos goles, apareció como el rescatador de una selección que busca su segundo título mundial tras sesenta años de sequía. El dato es elocuente: entre 1966 y 2026 hay una generación entera de ingleses que creció sin ver a su país en la cima. El imperio se fue; el fútbol, a veces, queda como consuelo tardío.
Argentina, en fin, venció a Suiza con la eficacia de quien sabe que el tiempo se agota. Messi, ya en el ocaso de su carrera, sigue siendo el organizador; pero fueron Julián Álvarez y Lautaro Martínez quienes definieron en el alargue. La transición de generaciones es un arte que las instituciones fuertes logran con naturalidad. La Argentina de los últimos años ha oscilado entre esa fortaleza estructural y la dependencia del ídolo. El miércoles sabremos cuál de las dos Argentinas se presenta en el campo.
Cuatro campeones, dos partidos, una final. El deporte, como la política, es en última instancia un ejercicio de paciencia colectiva. Los pueblos esperan décadas, a veces siglos, por un día de gloria que luego debe ser pagado con otros largos periodos de ordinario. Lo que queda cuando terminan los noventa minutos —o los ciento veinte— es la pregunta de si esas coronas del pasado sirven de impulso o de carga. Los cuatro semifinalistas del 2026, cada uno a su manera, están a punto de responderla.