¿Puede el deporte contemporáneo seguir funcionando como espacio de virtud republicana, o ha quedado reducido a mero espectáculo de masas? La ceremonia inaugural del Mundial 2026, celebrada este viernes en Canadá con su habitual despliegue musical antes del encuentro contra Bosnia y Herzegovina, nos obliga a plantear esta tensión con seriedad.
Los griegos entendían los juegos como paideia, como formación del ciudadano. Los romanos, con mayor pragmatismo, los incorporaron al panem et circenses que Tocqueville habría reconocido como síntoma temprano del despotismo blando. No estamos, mutatis mutandis, ante una dicotomía resuelta. El estadio moderno conserva algo de ambas funciones: es ágora y escenario, espacio de encuentro ciudadano y plataforma de consumo globalizada.
La pregunta pertinente no es si debe haber música en una inauguración —lo elemental del buen gusto lo prescribe— sino qué proporción guarda el espectáculo con respecto al acto deportivo mismo. Cuando el show precede y eclipsa al partido, cuando los patrocinadores definen los horarios y las selecciones viajan no como representaciones nacionales sino como marcas corporativas, el deporte deja de ser res publica para convertirse en mercancía sofisticada.
Esto no es lamento nostálgico. Los colombianos debemos reconocer que el fútbol mundial nos ha dado momentos de cohesión social genuina, de suspensión momentánea de nuestras fracturas. Pero también debemos ser honestos: esos momentos son cada vez más breves, más mediáticos, más dependientes de narrativas construidas desde las oficinas de comunicación. La virtud cívica no se produce por decreto ni por efecto de luces y sonido.
Hannah Arendt, en su diagnóstico del espectáculo totalitario, advertía que la sociedad de masas pierde capacidad de juicio cuando todo se vuelve representación. No estamos, claro está, en terreno totalitario; pero sí en terreno de atrofia deliberativa. El ciudadano que consume el Mundial como mero espectáculo pasivo, sin participación comunitaria alguna, se parece más al espectador romano que al ciudadano ateniense.
El gobierno colombiano, cabe decirlo, ha mostrado interés genuino en la candidatura conjunta para futuros eventos deportivos. Cuando esa iniciativa se traduce en infraestructura permanente, en escenarios de uso público, en políticas de recreación para barrios olvidados, merece reconocimiento. Cuando se reduce a foto de presidente con camiseta, a apropiación partidista del triunfo ajeno, entonces debemos ser críticos sin concesiones.
La oposición, por su parte, tampoco tiene registro limpio en esta materia. El deporte ha sido, para más de un político colombiano, vehículo de clientelismo y de construcción de imagen personal. El populismo no tiene color; se alimenta de la pasión deportiva con la misma voracidad con que se alimenta de cualquier otra pasión colectiva.
Volvamos a Canadá. El partido contra Bosnia y Herzegovina —una selección que emerge de la fragmentación de un Estado, que juega bajo bandera sin estado propio— tiene algo que enseñar sobre resiliencia institucional. Quizá la verdadera lección del día no esté en el show inaugural sino en la persistencia de equipos nacionales como forma imperfecta pero tangible de identidad política. El deporte, cuando no es espectáculo puro, sigue siendo uno de los pocos lenguajes universales que nos quedan.
La pregunta permanece abierta: ¿podemos recuperar algo del deporte como práctica cívica, o la lógica del entretenimiento global lo ha colonizado definitivamente? El Mundial que hoy comienza no resolverá esta tensión; solo la pondrá, una vez más, en escena. Y en eso, al menos, consiste su modesta utilidad republicana.