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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 10 jun 2026

La Liga de Naciones y el mérito de un equipo que no necesitó proclamas

Colombia ganó el torneo con puntos, no con discursos. Esa diferencia importa en un país donde el deporte suele confundirse con propaganda.

La Liga de Naciones y el mérito de un equipo que no necesitó proclamas — Deportes, ilustración editorial

¿Qué distingue a una selección que conquista un título de una que simplemente lo celebra con ruido? La pregunta no es retórica. En Colombia, donde el fútbol masculino ha sido durante décadas territorio de promesas incumplidas y discursos nacionalistas huecos, el triunfo de la selección femenina en la primera Liga de Naciones ofrece una lección de sobriedad que merece atención política, no solo deportiva.

Las cifras son elocuentes sin necesidad de adorno: veinte puntos en ocho fechas, dos sobre Argentina, victoria 4-3 contra Paraguay en el cierre. No hubo definición por penales ni apelación al dramatismo épico. Ganaron por mérito acumulado, ese concepto tan incómodo para quienes prefieren la política del gesto instantáneo. Tocqueville observó en la democracia norteamericana una tentación persistente: la confusión entre la apariencia de éxito y el éxito mismo. Las cafeteras, en cambio, construyeron su liderazgo con puntos concretos, jugada tras jugada, sin que ningún funcionario las convirtiera en telón de fondo de programa de gobierno.

Esto contrasta con una tradición nacional donde el deporte femenino ha sido tratado con la paternalidad que Popper identificaba como enemiga de la sociedad abierta: la ayuda que humilla, el reconocimiento tardío que condesciende. El fútbol femenino colombiano no necesitó de proclamas presidenciales ni de decretos de emergencia para existir. Necesitó, eso sí, estructuras que permitieran competir en igualdad, algo que el Estado ha entregado con cuentagotas y que la iniciativa privada ha cubierto con irregularidad. El resultado de este torneo no es una vindicación de la política deportiva oficial; es, si se quiere leer así, una denuncia de cuánto se pudo haber hecho antes.

El mérito deportivo tiene una propiedad que la política contemporánea envidia y raramente alcanza: es insobornable. Veinte puntos no se negocian en comisiones de conciliación, no se reparten en mermelada legislativa, no se postulan en redes sociales. Se obtienen o no se obtienen. En un momento donde las instituciones colombianas atraviesan una crisis de credibilidad —donde la Corte Constitucional, la Fiscalía y el Congreso son objetos de disputa partidista—, la Liga de Naciones ofrece un recordatorio de que algunas victorias siguen dependiendo del desempeño, no del relato.

Hay quien dirá que exagero, que una competencia regional femenina no tiene la envergadura de un Mundial o una Copa América masculina. Esa objeción, además de despreciable en su métrica de valor, pierde de vista lo esencial. No se trata de comparar escalas, sino de reconocer un patrón: las conquistas que perduran suelen provenir de procesos silenciosos, no de operaciones de teatro. Arendt, en su análisis del totalitarismo, advertía sobre la sustitución de la realidad por ficciones coherentes. El antídoto, sugería, no era otro relato sino el testimonio de lo factual, de lo que simplemente ocurre y resiste ser reinterpretado. Veinte puntos en una tabla son, en su modestia, ese tipo de testimonio.

La selección femenina no necesitó que nadie le regalara el torneo, ni que le fabricaran una narrativa de superación edulcorada. Las jugadoras compitieron, ganaron y se coronaron. Eso, en el Colombia de 2026, es casi un acto de resistencia institucional.

La pregunta que queda flotando es si estaremos dispuestos a aprender de ellas, o si seguiremos prefiriendo los títulos que se declaran desde un podio político a los que se conquistan en una cancha.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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