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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

La selección Colombia busca su alma entre el vallenato y la globalización

El 'Media Day' de la FIFA obliga a las naciones a fabricar un espejismo de identidad. ¿Qué dice el video de Colombia sobre quiénes creemos ser?

La selección Colombia busca su alma entre el vallenato y la globalización — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una selección de fútbol presentarse a sí misma sin caer en la mercadotecnia o en el folclore exhausto? La pregunta no es retórica. Este martes, Colombia debuta en su séptimo Mundial con un video institucional que la Federación difundió con orgullo: sus jugadores, uno a uno, al ritmo de El Parrandón del Binomio de Oro de América, sonriendo, posando, bailando. El gesto, aparentemente inocuo, abre una grieta que merece mirarse con detenimiento.

El “Media Day”, esa invención de la FIFA para estandarizar la presentación de alineaciones, funciona como una res publica simulada: todos los países participan, todos obedecen el mismo protocolo, todos deben entregar al espectador global una versión digerible de sí mismos. Colombia eligió el vallenato clásico, a Luis Díaz primero —quizá por su condición de figura europea—, a James Rodríguez con múltiples tomas que compensan su temporada errática, y luego una procesión de rostros que la Federación considera representativos. El detalle no menor: Néstor Lorenzo, el técnico, aparece junto a jugadores con camiseta titular y alternativa, como si la identidad nacional admitiera versión de respaldo.

Hay algo de Tocqueville en esta escena, aunque el francés nunca pisó un vestuario. En La democracia en América advierte que las sociedades mas tienden a confundir la apariencia de participación con el ejercicio real de la libertad. El “Media Day” es precisamente eso: una participación fabricada, donde los jugadores “posan” ciudadanía deportiva para una audiencia que consumirá el producto en continentes donde el vallenato no significa nada. La pregunta incómoda es si esta operación rescata algo genuino o si, al contrario, diluye lo que Hannah Arendt llamaba el “espacio público de aparición”, ese ámbito donde los individuos se revelan mediante la acción, no mediante la coreografía.

No es que el video carezca de mérito. La inclusión de Juan Fernando Quintero, figura de trayectoria irregular, sugiere que alguna lógica futbolística —no puramente comercial— intervino en la selección de protagonistas. La presencia de jugadores del medio local junto a nombres de Bayern o Benfica al menos evita la tentación de exhibir solo el exportable. Pero el ritmo cumbiavallenato, la sonrisa obligada, la danza como signo de latinidad: ¿no estamos, mutatis mutandis, ante la misma reducción que criticamos cuando Europa caricaturiza al sur?

El antídoto contra este sesgo no es el cinismo sino la documentación. La Federación Colombiana de Fútbol publicó el material; los jugadores colaboraron; el público, seguramente, celebrará. Pero los colombianos debemos preguntarnos si esta presentación responde a una deliberación sobre quiénes somos o si, más bien, ejecuta un manual de marca que la FIFA distribuye con variaciones regionales. Cuando Antanas Mockus, en su mejor momento, hablaba de la importancia de las “formas” en la política, no se refería a la estética del simulacro.

El Mundial 2026 se juega en tres países, once sedes, con horarios calculados para mercados asiáticos y europeos. Colombia debuta a las 9:00 p.m. en Ciudad de México contra Uzbekistán, una selección que la mayoría de nuestros compatriotas no podría ubicar en un mapa. El video de presentación, en ese contexto, es más que anécdota: es la primera declaración de intenciones de una nación que, como tantas, lucha por no perderse en la traducción. Que elija El Parrandón no es casual; que lo elija sin interrogarse sobre su vigencia, tampoco.

La oposición a este gobierno —y aquí la pluma se separa del deporte con la honestidad que exige el oficio— ha denunciado correctamente el deterioro institucional en otras materias. Sería coherente preguntar si la Federación, ente mixto de poder público y privado, somete estos contenidos a algún tipo de deliberación cultural o si procede por inercia. No se trata de prohibir el vallenato; se trata de no convertirlo en la única tarjeta de presentación de una complejidad que merece mejor argumento.

El cierre del video, con Jefferson Lerma y Jhon Arias completando la fila, deja una sensación ambigua: el orden jerárquico de aparición, la uniformidad del gesto, la música que no cede. ¿Es este el rostro que queremos mostrar al mundo, o el que creemos que el mundo espera ver? La respuesta, como suele ocurrir en los asuntos que importan, no está en el video sino en quienes lo miramos sin conformarnos.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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