Un país que no logra cerrarse
Perú eligió el domingo a su noveno presidente en una década. La cifra, por sí sola, describe un problema estructural que el continente observa con atención. La diferencia entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se redujo conforme avanzó el conteo en las zonas rurales, según reportó BBC Mundo, lo que deja al país nuevamente sin un ganador claro en primera vuelta.
La lectura inmediata es electoral, pero la de fondo es institucional. Cuando una democracia rota presidentes cada dos o tres años, lo que se deteriora no es solo la coalición gobernante: se deteriora la capacidad del Estado para ejecutar política pública sostenida. Los indicadores de inversión en infraestructura, los calendarios de vacunación y los planes de seguridad muestran los efectos de esa intermitencia.
La fragmentación como dato
Que ningún candidato se despegue de forma contundente en el conteo preliminar no es un accidente. Es la expresión de un electorado que ya no se reconoce en los partidos tradicionales y que distribuye su voto entre opciones que combinan liderazgo personal, caudillismo regional y protesta antisistema. El fujimorismo conserva un núcleo duro, pero no crece. La izquierda fragmentada suma, pero no compacta. El centro liberal, cuando aparece, queda atrapado entre ambos.
Para los analistas de la región, el caso peruano funciona como termómetro. Cuando un país con crecimiento macroeconómico razonable, tradición republicana estable y una de las democracias más antiguas de América Latina no logra producir mayorías claras, la pregunta deja de ser peruana y pasa a ser regional.
Lo que mira Colombia
Desde Bogotá, la elección peruana se observa con una mezcla de cercanía y distancia. Cercana porque compartimos cordillera, migración, comercio fronterizo y un pasado reciente de violencia política que todavía condiciona la cohesión institucional. Distante porque Colombia, pese a sus tensiones, ha logrado sostener alternancias pactadas y continuidad administrativa por periodos más largos.
La lección que conviene subrayar no tiene que ver con candidatos ni con ideologías. Tiene que ver con un principio básico del institucionalismo: la estabilidad democrática no se mide por la cantidad de elecciones celebradas, sino por la duración razonable de los gobiernos que esas elecciones producen. Cada ciclo abreviado interrumpe contratos, dispersa equipos técnicos y debilita a las entidades de control.
Cuidar lo que tenemos
Colombia atraviesa ahora su propio ciclo de reformas estructurales, con debates intensos sobre justicia, salud, pensiones y relaciones internacionales. La tentación de tratar cada iniciativa como un campo de batalla existencial es fuerte. El espejo peruano, sin embargo, recuerda algo incómodo: cuando la política se convierte en permanente campaña y en permanente confrontación, lo que se rompe no es el gobierno de turno. Se rompe el tejido institucional que permite que un país funcione entre elecciones.
El resultado definitivo en Lima se conocerá en los próximos días, según BBC Mundo. La decisión sobre quién gobierne la corresponderá a los peruanos. A los colombianos nos corresponde, mientras tanto, revisar con honestidad si estamos fortaleciendo o debilitando las instituciones que nos han costado décadas construir.