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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 11 jun 2026

¿Puede un país sin selección construir ciudadanía por televisión?

Colombia mira el Mundial 2026 desde la grada ajena. Pero la ausencia obliga a preguntarse qué significa adherirse a una fiesta donde no se está invitado.

¿Puede un país sin selección construir ciudadanía por televisión? — Deportes, ilustración editorial

¿Qué le queda al ciudadano colombiano cuando su selección no está en la Copa del Mundo? No es pregunta menor. El Mundial 2026, con sus 104 partidos en Estados Unidos, México y Canadá, se juega sin la tricolor, y eso transforma al espectador local en algo más complejo que un consumidor pasivo de entretenimiento global.

La guía técnica —canales, horarios, plataformas— es información útil, pero responde a una pregunta menor. La pregunta mayor, la que merece detenerse, es cómo se configura la identidad colectiva cuando el vínculo nacional se rompe en el terreno de juego. Los colombianos debemos ver este torneo como lo que somos: testigos de una celebración a la que no fuimos convocados por mérito propio.

Hay quienes encontrarán en el espectáculo una forma de escapismo inocuo. Otros, más numerosos tal vez, se adherirán provisionalmente a otra bandera —la argentina, la brasileña, la española— buscando reemplazar la emoción que nos falta. Tocqueville observó en la democracia estadounidense una tendencia al individualismo que solo se contrarresta con la participación en asociaciones civiles. El fútbol, en su versión contemporánea, funciona como una de esas asociaciones sentimentales. Cuando falla, el vacío no es solo deportivo.

La tradición liberal hispanoamericana que aquí se invoca —la de Galán, la de Vargas Llosa cuando escribe sobre el Perú que se niega a ser— sabe que las naciones se construyen con símbolos compartidos. El deporte es uno de ellos, pero no el único. La ausencia de la selección en 2026 debería ser, mutatis mutandis, una oportunidad para preguntarnos qué otros vínculos civiles hemos descuidado mientras esperábamos que once jugadores resolvieran nuestro anhelo de comunidad.

El gobierno actual, con su retórica de transformación popular, no ha logrado articular una narrativa de país que sustituya o complemente esta demanda de pertenencia. No es su obligación directa, claro está, pero el populismo que instrumentaliza el Estado suele prometer precisamente eso: una identidad reconfortante. Cuando falla en lo simbólico, su vacío se hace más visible. La oposición, por su parte, tampoco ha ofrecido una alternativa que trascienda la queja institucional. Los colombianos debemos exigir más que indignación programática.

El Mundial, visto desde la distancia, tiene al menos un mérito pedagógico. Nos obliga a reconocer que la competencia internacional no admite excusas ni subsidios. El mérito deportivo, como el mérito institucional, se construye con trabajo sostenido, con inversión en infraestructura, con reglas claras que no se alteran por conveniencia política. Arendt escribió sobre la banalidad del mal; quizás haya que escribir también sobre la banalidad del fracaso cuando se normaliza la improvisación.

No todo es pérdida. La transmisión del torneo en múltiples plataformas —televisión abierta, señales de suscripción, medios digitales— refleja una sociedad abierta donde la información circula. Popper habría reconocido aquí algo valioso: la posibilidad de elegir qué ver, cuándo verlo, con quién comentarlo. La libertad de consumo cultural no es la libertad política, pero tampoco es su contrario.

Al final, el ciudadano colombiano frente al televisor en junio de 2026 será un sujeto dividido: espectador de un espectáculo ajeno, miembro de una comunidad que busca redefinirse. La pregunta no es si disfrutaremos del fútbol; seguramente lo haremos. La pregunta es si sabremos convertir esta ausencia en una reflexión sobre qué clase de país queremos ser cuando, finalmente, volvamos a ser convocados.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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